Sabemos que las emociones “positivas” son más disfrutables y las aceptamos sin reparos, pero es absolutamente normal sentirnos invadidos de vez en cuando por el pesar, o agobiados de angustia, duda o desilusión. Todas estas emociones tienen algo que enseñarnos acerca de nosotros mismos, y sin ellas jamás sabríamos lo que es la felicidad.
La tristeza no se debe "tapar" ni evitar porque si, porque nos hace un servicio muy útil. Pero esto no quiere decir que tengamos que aceptarla y vivir eternamente con ella. La tristeza indica que tenemos un problema que requiere nuestra acción. Lo que tenemos que hacer es escucharla y resolver el problema.
Ahora bien, se ha de señalar que hay un tipo de tristeza, que no es adaptativa, que es patológica, porque el sujeto entra en un estado en el que no es capaz de replantearse sus objetivos, ni de comunicarse con los otros. La persona entra en una situación de imposibilidad de actuar y de imposibilidad de relacionarse.

Desde la perspectiva evolucionista, la tristeza no es una enfermedad o un mal, sino una emoción adaptativa que busca detener la actividad del sujeto para evitar que malgaste energías en actividades que no le están proporcionando satisfacciones, que no le están yendo bien. Porque las emociones son eso, predisposiciones a la acción para modificar nuestra conducta y adaptarla a las circunstancias. Desde esta perspectiva, estar triste no es algo anormal o extraño o patológico. Sin la tristeza seguiríamos fracasando una y otra vez sin que esto nos afectara.
Tal parece que nos hemos vuelto temerosos de la tristeza. Se ha puesto tanto énfasis en la felicidad, en el pensamiento positivo y en la autoestima, que corremos riesgo de olvidar que para ser personas plenas necesitamos aprender a sobrellevar también los momentos difíciles.
Esta situación está despertando lógicamente un gran debate porque estamos perdiendo el sentimiento humano de tristeza, desvirtuándolo y convirtiéndolo en un mero síntoma patológico, un sinónimo de enfermedad. Y la tristeza es un elemento muy importante de nuestra vida psíquica, de nuestro patrimonio cultural. Es un elemento básico en la literatura, la música, el arte… Es más, como señalaba el filósofo norteamericano Richard Rorty, sin tristeza no hay compasión ni solidaridad, que son el fundamento de los Derechos Humanos. Si nos quitan la tristeza, el día que la tristeza desaparezca, ese día ya no seremos humanos, seremos otra cosa.
Que no toda tristeza es depresión se halla magníficamente reflejado en la literatura. ¿Qué escritor o qué poeta no ha hablado de la tristeza? Así, en la novela Las inquietudes de Shanti, Andía Baroja escribe: “A veces me embarga una tristeza tan extraña, que creo que sería muy desgraciado si no pudiera sentirla alguna vez… Me gusta pasear por la playa y saturarme de la enorme melancolía del mar y empaparme en su gran tristeza” .
Articulo:
http://blogs.publico.es/joseba-achotegui/2013/05/05/el-lado-bueno-de-la-tristeza-por-que-no-es-lo-mismo-tristeza-que-depresion/
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