En un sentido amplio, la inteligencia emocional supone una especie de alquimia interior, consiste en elaborar lo traumático de tal manera que resulte transformador, de un modo parecido a lo que hace la ostra, que acaba construyendo una perla a partir de un incómodo y molesto granito de arena.
A mi modo de ver, madurar emocionalmente significa tener una buena disposición para aprender y desarrollar un amplio abanico de competencias personales, interpersonales y ético-sociales, que encierran niveles de complejidad diversos.
En un nivel profundo, y siempre bajo mi punto de vista, ser emocionalmente inteligente es reconciliarnos internamente con las personas y los hechos significativos de nuestra vida, para estar plenamente presentes en el presente y plenamente disponibles para el futuro. Es ampliar nuestro abanico emocional, activando emociones inactivas, incluyendo emociones que desechamos o que evitamos, ya fuera para obtener amor o para protegernos del dolor. Es dejar de luchar contra lo imposible (el resentimiento y la amargura son formas de luchar contra lo imposible) y concentrar nuestra energía en aumentar nuestro universo de posibilidades y en saborear a fondo lo posible. Es, en última instancia, cultivar el asentimiento y la gratitud a lo que fue, tal como fue, y a lo que es, tal como es, como semilla de esperanza y de una mayor libertad emocional.
Todo ello revierte y trasluce en una armonía cuerpo-mente, una amplitud de miras, una placidez y una disponibilidad afectiva cada vez más amplias, más notorias y más consistentes.
EVA BACH. Pedagoga, maestra, formadora de formadores y escritora. Especialista en desarrollo emocional, comunicación y relaciones humanas. Diplomada en Pedagogía Sistémica.
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