Perder la piel es el testimonio de una trágica experiencia personal: hace cuatro años, cuando contaba treinta y cuatro, la narradora sufrió un accidente que le causó quemaduras profundas en el 80% del cuerpo, cuyas gravísimas secuelas no le han impedido volver a una vida razonablemente normal. La autora evoca paso a paso su vuelta a la conciencia, las pesadillas, las alucinaciones, el sufrimiento físico que le causaban las curas, la rehabilitación y sus altibajos de ánimo durante un largo itinerario por diversos hospitales nacionales y extranjero en los que fue sometida a múltiples intervenciones quirúrgicas y a interminables sesiones de rehabilitación. Aunque no escamotea los aspectos dolorosos, aun de tormento, que su tremenda experiencia le ha hecho padecer en lo físico, en lo psíquico, en lo social y lo familiar, la autora evita el tono melodramático y confiere a su prosa, clara y exacta, un nítido valor objetivo, y una precisión acorde con la actitud exigente y participativa que para ella ha de tener el paciente, que no es un mero objeto de las atenciones de quienes tienen el deber de cuidar de su salud, sino un colaborador crítico de su propio tratamiento. Este impresionante testimonio es también un alegato en pro de la entereza y la lucidez.
"Con los terapeutas ocupacionales he aprendido infinidad de cosas que han marcado muchos de los grandes hitos de esta experiencia. La profesión me fascinó desde el principio. Nunca supe nada de su existencia hasta que tuve que gozar de sus servicios, de manera que la novedad hizo más atractivo el contacto.
Un buen profesional de terapia tiene que ser ingenioso,
habilidoso, didáctico y paciente. Todos los que he conocido lo eran. Sus
actividades son múltiples pero su objetivo se centra, entre otras cosas, en
mostrar al paciente cómo desenvolverse cuando las condiciones físicas o
psíquicas están en desventaja o disminidas. Suelen ocuparse además de la
rehabilitación de las extremidades superiores en la medida en que entrañan una
limitación motriz para la realización de las destrezas manuales, pero no tanto
en el desarrollo de la fuerza y movilidad, tarea encomendada al
fisioterapeuta"
"No sólo de fisioterapia se nutre el
discapacitado. Hay que aprender a vivir con lo que falta y a ser lo más autónomo
posible. Los terapeutas ocupacionales se ocupan de esta tarea. Sus objetivos son
ayudar a potenciar las capacidades físicas que le restan al paciente, suplir las
que faltan con ayudas de tipo técnico y enseñar al paciente a circular por el
mundo de los que están íntegros y sanos"
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