El silencio nos aleja en determinadas ocasiones de la paz de una forma atronadora, ensordecedora, por paradójico que parezca y pensaba en estos días qué sucede cuando lo que calma nuestra alma, nuestros anhelos, nuestras inquietudes, es la palabra y no el silencio. La falta de discurso acompaña, en muchas situaciones, los desasosiegos más espantosos, las noches más largas, las inquietudes vitales más trascendentales y nos consume, lejos de nutrirnos, calmarnos o aliviar nuestro dolor. Necesitamos al otro, lo que haya de decirnos, incluso cuando el mensaje no es halagüeño. La palabra nos habla de su presencia, de su implicación, de su interés por hacer un esfuerzo en hablar, en comunicarse, aunque no sepa muy bien cómo o con qué palabras concretas. No se necesitan grandes discursos en ese momento, no se necesitan. Sólo un gesto, una voz ahogada, incluso, que exprese “Tengo algo que decirte, aunque no vaya a gustarte”.
El silencio es también, como siempre fue, un encubridor de mentiras en ocasiones . Nos resistimos a la verdad, aunque ésta nos libere, porque en nuestro orgullo no queremos que los demás vean lo que nosotros ya sabemos que existe dentro. Y optamos por mentir abiertamente o por ocultar la verdad, que a efectos prácticos es lo mismo. Los demás, sin embargo, nos conocen, saben lo que ocultamos, o lo intuyen quizá, pero esperan la confesión, el arrepentimiento, y el deseo por alcanzar el perdón. El silencio no habla de ninguna de estas cosas necesariamente. Los silencios que ocultan pecado no hacen sino consumir, absorber, aislar, alejar a las personas del afecto y la ternura de los que, por encima de cualquier falta, todavía les aman. Y se pierde un tiempo precioso en ese silencio que no vuelve. Sus efectos son devastadores. (Apo Asher)
El silencio es también, como siempre fue, un encubridor de mentiras en ocasiones . Nos resistimos a la verdad, aunque ésta nos libere, porque en nuestro orgullo no queremos que los demás vean lo que nosotros ya sabemos que existe dentro. Y optamos por mentir abiertamente o por ocultar la verdad, que a efectos prácticos es lo mismo. Los demás, sin embargo, nos conocen, saben lo que ocultamos, o lo intuyen quizá, pero esperan la confesión, el arrepentimiento, y el deseo por alcanzar el perdón. El silencio no habla de ninguna de estas cosas necesariamente. Los silencios que ocultan pecado no hacen sino consumir, absorber, aislar, alejar a las personas del afecto y la ternura de los que, por encima de cualquier falta, todavía les aman. Y se pierde un tiempo precioso en ese silencio que no vuelve. Sus efectos son devastadores. (Apo Asher)

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