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El carnaval del arlequín (1925) |
De regreso a Barcelona, ingresó en la Academia de Arte, en la que conoció las últimas tendencias artísticas europeas. Hasta 1919, su pintura estuvo dominada por un expresionismo formal con influencias fauvistas y cubistas, centrada en los paisajes, retratos y desnudos.
Ese mismo año viajó a París y conoció a Picaso,
Jacob y algunos miembros de la corriente dadaísta, como Tristan Tzara. Alternó
nuevas estancias en la capital francesa con veranos en Mont-roig y su pintura
empezó a evolucionar hacia una mayor definición de la forma, ahora cincelada por
una fuerte luz que elimina los contrastes. En lo temático destacan los primeros
atisbos de un lenguaje entre onírico y fantasmagórico, muy personal aunque de
raíces populares, que marcaría toda su trayectoria posterior.
La otra
gran influencia de la época vendría de la mano de P. Klee, del que recogería el
gusto por la configuración lineal y la recreación de atmósferas etéreas y
matizados campos cromáticos.
En 1928, el Museo de Arte Moderno de Nueva York adquirió dos de
sus telas, lo que supuso un primer reconocimiento internacional de su obra; un
año después, contrajo matrimonio con Pilar Juncosa. Durante estos años el
artista se cuestionó el sentido de la pintura, conflicto que se refleja
claramente en su obra. Por un lado, inició la serie de Interiores
holandeses, abigarradas recreaciones de pinturas del siglo XVII
caracterizadas por un retorno parcial a la figuración y una marcada tendencia
hacia el preciosismo, que se mantendría en sus coloristas, juguetones y poéticos
maniquíes para el Romeo y Julieta de los Ballets Rusos de Diaghilev
(1929). Su pintura posterior, en cambio, huye hacia una mayor aridez,
esquematismo y abstracción conceptual. Por otro lado, en sus obras escultóricas
optó por el uso de material reciclado y de desecho.
La guerra civil española no hizo sino acentuar esta dicotomía
entre desgarro violento (Cabeza de mujer) y evasión ensoñadora
(Constelaciones), que poco a poco se fue resolviendo en favor de una
renovada serenidad, animada por un retorno a la ingenuidad de la simbología
mironiana tradicional (el pájaro, las estrellas, la figura femenina) que parece
reflejar a su vez el retorno a una visión ingenua, feliz e impetuosa del mundo.
No resultaron ajenos a esta especie de renovación espiritual sus ocasionales
retiros a la isla de Mallorca, donde en 1956 construyó un estudio, en la
localidad de Son Abrines.
Entretanto, Miró amplió el horizonte de su obra con los grabados
de la serie Barcelona (1944) y, un año después, con sus primeros trabajos
en cerámica, realizados en colaboración con Llorens Artigas. En las décadas de
1950 y 1960 realizó varios murales de gran tamaño para localizaciones tan
diversas como la sede de la Unesco en París, la Universidad de Harvard o el
aeropuerto de Barcelona; a partir de ese momento y hasta el final de su carrera
alternaría la obra pública de gran tamaño (Dona i ocell, escultura), con
el intimismo de sus bronces, collages y tapices. En 1975 se inauguró en
Barcelona la Fundación Miró, cuyo edificio diseñó su gran amigo Josep Lluís
Sert.

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